La banalización del mal: la Rosada no es Borgen

FOTO DE ARCHIVO: Una mujer utilizando una máscara por la pandemia de COVID-19 camina frente al Palacio Presidencial Casa Rosada, en Buenos Aires, Argentina 21 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
FOTO DE ARCHIVO: Una mujer utilizando una máscara por la pandemia de COVID-19 camina frente al Palacio Presidencial Casa Rosada, en Buenos Aires, Argentina 21 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian (Agustin Marcarian/)

Borgen es el nombre de la sede del Estado de Dinamarca. La Casa Rosada es el nombre de la nuestra. En ambos casos se trata de un nombre coloquial con el cual se identifica el lugar físico desde donde se ejerce el poder.

Borgen también es el nombre de una serie que se vio por primera vez en Dinamarca en 2010, y que llegó a nuestras tierras por estos días, mediante una de las plataformas de streaming más utilizadas. Su éxito fue inmediato.

La serie, más allá de su excelente realización, es importante por el mensaje que transmite (hacer lo correcto más allá de las circunstancias y las consecuencias), donde la política se entremezcla permanentemente con la vida personal de cada uno de los personajes que dan vida a la trama.

Su intérprete principal (la primera mujer en llegar al más alto cargo del gobierno dinamarqués) deja, como al pasar, una frase que todos deberíamos tener en cuenta: “El arte consiste en formar un gobierno estable”.

Lamentablemente si comparamos (y en comparaciones nos ha ido muy mal últimamente) las estadísticas de Dinamarca con las nuestras, seguramente nos inundarán una sensación de desazón y tristeza, por todo lo que nuestra nación pudo ser y aún no es.

La Argentina de las cinco pandemias (salud, economía, instituciones, seguridad y educación) parece firmemente encaminada a caer en la peor crisis de toda su historia. Banalizamos lo que se hace mal, sin entender las graves consecuencias que eso tiene sobre toda nuestra sociedad.

La estabilidad de una nación se logra a través de una correcta gestión de la salud, la economía, sus instituciones, la seguridad y la educación de sus niños y jóvenes. Casualmente todo lo que hoy está inmerso en una profunda crisis que nos pone al borde del abismo como nación.

En mis épocas de profesor de derecho (sí, otro profesor más) siempre hice hincapié en la idea de que los abogados debemos estar con la espalda apoyada en la biblioteca y la mirada en la realidad. Con saber derecho no alcanza, hay que saber como aplicarlo a la vida real.

En el caso de la clase dirigente la biblioteca es la Constitución Nacional, y la mirada se debe enfocar en la realidad que los circunda. No es posible gobernar sin tener en cuenta estos dos aspectos. Caminar la calle, ver la cara y el humor de los gobernados es vital para entenderlos.

Los argentinos, como sociedad anestesiada y cómplice, somos los principales responsables de lo que nos pasa. Hace décadas que nuestra nación no para de caer en la tabla de posiciones de las naciones más desarrolladas y donde mejor se vive. Pero estamos en el top ten de los países más infectados del mundo, pese a la cuarentena extra large que llevamos y de la cual poco se dice en estos días.

Basta con caminar un poco la “calle” para darse cuenta de la cantidad -antes impensada- de locales cerrados, en alquiler, con persianas bajas, industrias paradas, personas en situación de calle que abundan por doquier.

Debemos volver de una buena vez por todas a la institucionalidad como punto de partida, y al preámbulo de nuestra Constitución Nacional como pacto social a partir del cual cada partido político o coalición cívica tiene la responsabilidad -en base a sus propias creencias- de aportar al bien común.

Basta de grietas, bolsos volando por las paredes de un convento, o diputados besando los senos de sus compañeras en plena sesión de trabajo parlamentario (tan solo mencionamos tres de entre muchos otros ejemplos que podríamos elegir).

Pero también es hora de que dejemos de ser una sociedad silenciada que según prenda una canal de noticias u otro, verá dos países absolutamente diferentes, a pesar de que los dos informan sobre el mismo.

La Argentina 2020 es el país donde escasean los dólares y fracaso el tratamiento de la pandemia. Donde pensamos en más impuestos, y no en menos. Somos un país amónico, sin un rumbo claro. Y eso es responsabilidad de los que votamos y de los votados. De los que gobiernan y de los gobernados.

Desde la reinstauración de la ansiada democracia, no supimos construir un rumbo como nación que nos saque del fracaso y nos lleve al progreso y bienestar de todas y todos los argentinos.

Con cada nuevo gobierno tuvimos un cambio profundo de rumbo. Si tomamos en cuenta los últimos tres períodos presidenciales es un ida y vuelta que nos desgasta, nos hace retroceder. Vamos para un lado, y luego para otro. Nunca avanzamos.

Debemos volver al respecto intachable de las instituciones argentinas, donde ser juez, político o gobernante sea un honor y no otra cosa. Donde se respeten las diferencias, se discutan y se pueda llegar a consensos. Pensar diferente no es igual a ser enemigos acérrimos.

En una sociedad madura las diferencias de opinión bien canalizadas son las que nos hacen crecer.

Argentina está al sur de Bolivia. Dinamarca, hoy, nos queda muy lejos, casi inalcanzable. Y para colmo, banalizamos lo que se hace mal, a la vez que criticamos y hostigamos a los que hacen las cosas bien.

Mientras el fundador de Mercado Libre viajaba a Uruguay, nuestro Presidente almorzaba con un sindicalista -que, más allá de los cuestionamientos que pesan sobre él- representan a un importante sector de la sociedad.

Lo ideal sería que almuerce con ambos y construya consensos a partir de las diferencias. Tanto los empresarios como los trabajadores son la sangre que correrá por las venas de nuestra nación para que vuelva a ponerse en marcha.

No es posible, pensar un país con unos y sin otros. Por eso, la frase que acuño Hannah Arendt, hoy tristemente nos refleja como concepto de país: “La banalidad del mal” expresa que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus propios actos. No son consientes de las consecuencias de sus actos o el fiel seguimiento de sus dogmas.

Argentina, hoy más que nunca, necesita de una clase dirigente sensible, responsable, respetuosa de las instituciones, que devuelva la honradez de pertenecer a uno cualquier da los poderes del Estado, que por cierto deben estar al servicio de los ciudadanos y no al revés.

Se deben dar señales claras de que se gobierna para el pueblo y no para ganar las próximas elecciones. Hay que arreglar lo que está roto, y alejarnos de una frase que inmortalizó Maquiavelo: “Un príncipe siempre tiene una buena razón para incumplir sus promesas”.

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