El papa Francisco y la transfiguración de la pandemia

El papa Francisco (EFE/EPA/PIETRO CROCCHIONI)
El papa Francisco (EFE/EPA/PIETRO CROCCHIONI)
(PIETRO CROCCHIONI/)

Cuando el cardenal Claudio Hummes abrazó en el final del cónclave al flamante Sumo Pontífice aquel memorable e histórico 13 de marzo de 2013, le solicitó al oído que no se olvidara de los pobres. Esas palabras embargaron el corazón del electo ratificando su camino de servicio a los demás, en especial de los que menos tienen, camino que el Sumo Pontífice había transitado a lo largo de toda su vida como Jorge Mario Bergoglio. Dicha frase, asimismo, determinó la suerte de su nombre, Francisco, en honor al santo homónimo de Asís (1181/1182-1226), quien habiéndose despojado de toda riqueza y de un futuro más que promisorio entregó su vida al servicio de los demás incurriendo en una vida de extrema y ascética pobreza y ejercitando el olvido de sí mismo.

“Francisco” era también un llamado a una conversión profunda incluso de la misma Iglesia de Cristo, mancillada por escándalos de corrupción, encubrimientos, debilidades de todo tipo, fastuosos modos de vida y una constante profanación de lo sagrado, hechos que fomentaron el alejamiento de muchos fieles y acentuaron el avance de la sincrética cultura de la nueva era, en especial en todo Occidente.

El Santo Padre proveyó de esperanza a los cristianos frustrados con su mensaje de paz pero no de claudicación, de aceptación y del encuentro con lo distinto, como también del encuentro ecuménico entre las principales religiones. Con Francisco, la Iglesia Católica busca el retorno a los orígenes del propio cristianismo para purgar y renacer. A ejemplo del “poverello d’Assisi” (el pobrecillo de Asís), como solían llamar al santo, la Iglesia de Francisco demostró que el verdadero cristianismo dista de la rigidez de los cargos jerárquicos, del poder, de las riquezas y del ritualismo vacío de contenido hallándose sino en las misiones donde se “toca la carne del hermano” y se comulga con el dolor profundo del hombre. Es en esa periferia existencial que el mensaje de amor del Cristo es plausible y donde el hombre en su vinculación con el otro puede experimentar la verdadera plenitud. Como señalaba Catalina de Siena (1347-1380) en su Diálogo de la Divina Providencia, las virtudes y los defectos se prueban en relación a los otros, y es en esa prueba donde se encuentra la medida del amor.

Es en este camino que el Santo Padre conduce a su rebaño de fieles: “Fratelli Tutti”, o “hermanos todos”, recuerda la exhortación de San Francisco de Asís de una fraternidad universal, donde todos los seres vivientes conviven en armonía, en la aceptación del otro, formando un todo con el cosmos, una comunidad de almas.

Esta nueva Encíclica es un ensamble perfecto con la Encíclica Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común comulgando con su idea de que para que haya un cambio ecológico tiene que mediar un cambio antropológico, en especial a partir de esta pandemia, donde “los otros” tomaron un rol primordial en socorrer vidas, en la ayuda y la asistencia a los impedidos por razones de salud y/o edad.

Ahora bien, a partir de esta breve introducción, cabe preguntarse ¿qué condujo a que el Santo Padre resolviera escribir una Encíclica una vez que Europa y luego el mundo comienzan a asomar la cabeza de la pandemia tras hibernar de frente a la amenaza microscópica?

Probablemente, la respuesta la encontraremos en el contexto del mundo en el que vivimos y en la pandemia, la cual agudizó la crisis del mismo. En el universo de la fenomenología de las religiones y de las religiones comparadas, la Iglesia de Laodicea para la escatología cristiana o el Kali-Yuga para el Hinduismo, entre otras, reúnen todos los vicios que se han dado a lo largo de lo que conocemos como Historia Universal. La crisis es económica y ambiental en la corteza, aunque si analizamos más en profundidad su geología se trata de una crisis total del espíritu humano. Al mejor estilo spengleriano o guenoniano, el mundo, y en especial Occidente, está en una feroz decadencia.

La visión teocéntrica del mundo donde el absoluto era el centro y los hombres cumplían su rol natural de criaturas, imágenes de un absoluto, fue modificado paulatinamente a lo largo de los siglos por una visión antropocéntrica, máxima en nuestros tiempos, donde cada individuo y no persona, es el propio centro del universo.

El ser fue vaciado reemplazándolo por el parecer y el culto a la imagen, y, a su vez, se ha enaltecido y entronizado al Ego. La depresión, la ansiedad y sus placebos narcóticos están a la orden del día al igual que las redes sociales donde mayoritariamente la imagen es todo y la esencia del ser está desdibujada.

El silencio, la música más perfecta, se transformó en un privilegio. La virtud como móvil humano fue barrida por el interés personal. La criatura-hombre se ensoberbeció poco a poco a partir del racionalismo con su aprendizaje científico-tecnológico. Dejó de ser meramente criatura, en los papeles, para luego transformarse en co-creador con el absoluto y hoy ya en creador ninguneando al todo.

Si cada hombre es el centro del universo, “el otro”, el alter, se transforma en un planeta que orbita en torno a dicho ente y por ende es de fácil reemplazo. Sin embargo, el ser humano olvidó la máxima de Silesius donde una imagen como el hombre no puede nutrirse de imágenes y eso le conduce a mayor vacío. Como humanidad, hemos conquistado los cuatro elementos y vamos por la quintaesencia espacial ya que no estamos satisfechos. El ser humano procura llenar un envase infinito con materiales finitos. Como es arriba, es abajo: el dilema ecológico del macrocosmos, no es otra cosa que miles de millones de desórdenes microcósmicos.

Desde la humilde opinión de este escribiente, nuestra era denota cinco grandes características, todas ellas enlazadas y retroalimentadas provocadas por el vacío del hombre y su alejamiento del todo: el relativismo cultural absoluto, la confusión, la falta de compromiso, la pérdida de la dualidad y la descartabilidad de las cosas y las personas. Si observamos, veremos que todos estos matices se vinculan: en una cultura donde la filosofía de vida es prácticamente hedónica en su totalidad escapando del dolor propio y del ajeno como un esfera del ser, donde se buscan activamente inconsciencias de placer y se escapa a la consciencia propia de las oscuridades, sin darse cuenta de que esto último conduciría al ser humano a una verdadera iluminación, el hombre se vuelca hacia el exterior y reniega de un camino interno.

Todo depende, nada es lo que es, basta posicionarse desde otro ángulo para ver, y de esta manera, replicando esta actividad, nada es. Si se pierde la tensión entre el esfuerzo y el logro en todos los campos de actividad humana, nada vale. Los compromisos han resultado una expresión de deseos y la estabilidad una nostalgia. La trascendencia fue permutada por la inmanencia, la eternidad por el efímero momento. En una galaxia de sol y luna, de androceos y gineceos, de luz y oscuridad, de bien y mal, el cambalache confunde un satélite con una estrella, testículos con ovarios, medias sombras con medias luces, criminales con personas decentes. Y más aún: la mayoría de los seres están confundidos respecto de su rol en el cosmos, no lo saben, o lo que es peor, no tienen tiempo y/o elementos y/o interés para reflexionarlo.

Si nada vale entonces todo es reemplazable. Las cosas y las personas que no le sirven al Ego, que por cierto es generalmente infantil, se arrojan, se desechan porque el Yo tiene que estar satisfecho. Entre estos desechos podríamos encontrar a los fetos, a los niños, a los inmigrantes, a los refugiados, a los pobres, a los discapacitados, a los ancianos, entre otros.

La pandemia nos enseñó que la muerte que se hallaba escondida para, en términos sartorianos, el homo videns, está paradójicamente más viva que nunca. El papa Francisco en una de sus últimas apariciones fue impactado por las palabras del Sirácida, que rezan: “Piensa en tu fin y deja de odiar”. El Santo Padre pareciera querer indicarnos que la pandemia puede ser transfigurada. Del dolor, el sufrimiento y el odio al amor, y en concreto, al amor fraterno. El verdadero poder, señala siempre Francisco, es el servicio a los otros. Tal vez el Papa, siguiendo el modelo franciscano consecuente con el modelo crístico, nos quiera reflejar como ejemplo el espíritu de un Francisco de Asís que enfermo y moribundo, como enseña uno de sus hagiógrafos, Bonaventura da Bagnoregio en su Vida de San Francisco, entrega su hábito hediondo, polvoriento y carcomido a quien no tenía nada quedándose él mismo desnudo. No en vano, el símbolo franciscano por excelencia es la tau, la primera letra de la palabra “servidor” en griego antiguo (ταπεινός). De allí también que algunos monjes lleven la «t» colgando en el cuello.

El globo en crisis económica, el COVID-19, sus rebrotes, las cuarentenas y las consecuencias drásticas que están arribando marcarán probablemente el fin de una era asociada a su vez al inicio definitivo de la era digital con una alteridad preminentemente virtual, donde el contacto humano será escaso antes que abundante. Por otro lado, desde la economía global, habrá de verse hacia donde desemboca la enorme emisión de dinero que el mundo está realizando. Será tarea de los estudiosos definir los aspectos historiográficos. Sin embargo, la humanidad puede encarar la nueva normalidad con un espíritu distinto, desechando lo fútil y siguiendo la vieja fórmula griega socrática que dio origen e hizo grande a Occidente, el famoso ‘conócete a ti mismo’ para conocer la verdad. Dicha decisión no es económica ni política, es personal.

El mundo moderno reclama a Dios la razón de la existencia del mal y el dolor en este plano sin entender tal vez lo que el Sumo Pontífice nos desea enseñar: que Dios no viene a quitarnos el dolor sino a llenarlo de sentido. El adagio romano ya lo decía, Via Lucis Via Crucis. No es sino resignificando el dolor en la cruz que se obtiene la verdadera iluminación. Ese fue el ejemplo del Cristo, quien, tal vez, para los fenomenólogos de las religiones, haya llevado a cabo el mayor acto de amor jamás conocido. Es este Amor con mayúscula el que es requerido para transformar este plano. Es aquel que perdona, agradece, alaba y transforma, un Amor que une a los hombres y no los conduce a soledades acompañadas. La madurez de este planeta se logra con su crecimiento espiritual, donde cada hombre se hace responsable física y metafísicamente de sus actos. Si el hombre madura en su espíritu, el mundo también. Es en el saludo franciscano donde hallamos, quizás, dos de las claves para encontrar la salida de emergencia en medio de este incendio planetario: Pax et Bonum.

Los saludo entonces, paz y bien.

El autor es politòlogo y abogado. Profesor de la Facultad de Derecho de la UBA y estudiante de posgrado en la Università degli Studi di Bologna, Italia.

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