En Libia, la población está dividida entre miedo e indiferencia ante el coronavirus

Haytham, alto y musculoso, pasa horas en la entrada de la tienda para rechazar a los clientes sin máscara, ofreciéndoles volver provistos de protección o comprar una en el comercio.

«Lo hacemos lo mejor que podemos, con el riesgo de ser insultados por clientes descontentos que no entienden que es lo mejor para ellos y para nosotros», dice, encogiéndose de hombros.

Vigilar durante todo el día es una tarea ingrata para el empleado de un gran supermercado del oeste de la capital libia, Trípoli, uno de los mayores focos de contagio del país por el covid-19.

La dirección de la tienda no escatima en los medios: gel hidroalcohólico gratuito, alfombra empapada de desinfectante e incluso un pórtico de desinfección en la entrada que se activa automáticamente al paso de los clientes.

Es difícil conocer el alcance de la pandemia en Libia, sumida en el caos desde la caída del régimen de Muamar Gadafi en 2011 y que conoce un rápido aumento de los casos de covid-19 desde hace varias semanas que agrava la situación en un país en el que los servicios son muy precarios.

En tales condiciones, el confinamiento no tiene sentido. Sin agua ni electricidad, es imposible convencer a la gente de quedarse en casa, explica a la AFP Ibrahim El Deghayes, miembro del Centro Nacional de Lucha contra la Enfermedad (CDC), que nota la indiferencia de cierta parte de la población frente a la pandemia.

Según un último balance del CDC, se han confirmado más de 31.000 casos, de los cuales más de 13.000 son aún activos, y 491 muertes para una población de menos de siete millones de habitantes.

«Alrededor del 80% de los casos detectados son asintomáticos y eso es una suerte para nosotros, ya que sólo deben permanecer confinados hasta la curación completa», asegura El Deghayes.

Para el virólogo, «las pruebas prioritarias se dirigen a las personas de riesgo, como las personas de edad y las que padecen enfermedades crónicas».

El CDC está llevando a cabo campañas de información en Trípoli, donde realiza muestreos, centrándose en «las actividades más expuestas, como las tiendas de comestibles, los cafés y las panaderías», informó a AFP Mohamad Al Jazui, de la dirección de comunicación del CDC.

– Enemigo invisible –

Muchos vecinos de Trípoli consideran estas medidas insuficientes puesto que tienen que esperar varios días los resultados de las pruebas, y esto aumenta el riesgo de infectar a sus seres queridos.

En la capital, donde el uso de la máscara es obligatorio en el espacio público y en los lugares cerrados, los infractores se arriesgan a fuertes multas mientras que los comerciantes luchan por hacer respetar los gestos barrera.

Maysun Trabelsi y sus hermanas viven en Tajura (suburbio oriental de Trípoli) con sus abuelos, que huyeron de su barrio de Ain Zara a causa de los combates que se libraban en esta zona al sureste de Trípoli.

La joven, vendedora en una tienda de ropa, teme por sus abuelos «ancianos y frágiles». Está «aterrorizada» por el riesgo que les hace correr al tratar con clientes, algunos de los cuales se niegan a llevar una máscara «como lo impone la dirección de la tienda». Y si se les hace la observación, «se lo toman mal», advierte.

A lo largo de los meses, la reticencia de los libios al cambio de sus hábitos se ha afianzado, por falta de medios o por simple hartazgo.

También están los escépticos irreductibles, como Salem. Sentado en la entrada de su tienda de teléfonos móviles en Gargarech, parece orgulloso de no haber «llevado nunca una máscara» desde el comienzo de la pandemia, porque «no cree en esta conspiración mundial».

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